martes, 5 de febrero de 2013

El Sospechosismo en México


Publicado por Lalo Figueroa, Red Masónica

Siempre lo sospeché. Sospechaba que el vocablo "sospechosismo" no había sido de la autoría de Santiago Creel, como suele decirse desde 2004, cuando entonces el panista era secretario de Gobernación. "La palabra es adecuada, porque significa andar sospechando de todo, es más bien una actitud", dijo en una entrevista que le hiciera Víctor Trujillo, para el noticiario "El cristal con que se mira", a donde había ido a defender su expresión, ya que había causado un gran revuelo especialmente entre los políticos. Lo que resulta sumamente sospechoso es que Creel nunca haya aclarado que la palabra no nació de su "ingenio". Pero afortunadamente Carlos Fuentes nos despejó la sospecha en su libro En esto creo, p.159: "Hay en México demasiados 'sospechosistas', como los llamaba Daniel Cosío Villegas. México sería la víctima eterna de una vasta conspiración extranjera para explotarnos, ridiculizarnos, humillarnos". Por lo que se refiere al historiador Cosío Villegas, leemos en su libro de artículos Crítica del poder: "El mexicano es sospechosista por naturaleza". Y en el de sus Memorias, escribió: "Casi de un modo inevitable, alguna gente de esa que he llamado 'sospechosista' soltó la conseja de que el presidente Echeverría nos había pagado el viaje".

Si viviera don Daniel Cosío Villegas (1898-1976), seguramente corroboraría cómo el mal del "sospechosismo" nos sigue aquejando y, actualmente, ya se encuentra en el DNA de los mexicanos. Todos sospechamos de todos y de todo. Ya nadie cree en nadie ni en nada. Cuando vemos un sacerdote caminar a lo lejos, en seguida pensamos: "seguro es un pedófilo". Basta con que vayamos a un banco a depositar un billete de 500 pesos para que la cajera lo tome entre sus dedos, lo aleje de su vista y lo observe con cuidado a contraluz para saber si es falso. Si vamos a la pollería y pedimos un kilo de pollo, lo primero que preguntamos es: "¿Seguro que está fresco?". "Puede estar usted segura", contesta el empleado. Al llegar a nuestra casa, lo primero que hacemos es olerlo. Aunque el ave no tenga un olor extraño, lo ponemos a cocer con muchas sospechas. Cuando leemos las noticias referentes a la explosión de Pemex, nos preguntamos a pesar de no tener bases: "¿No será un auto atentado para causar pánico entre la sociedad? ¿No serán los Zetas?". Pocos asuntos púbicos han causado tanto "sospechosismo" como la reciente liberación de Florence Cassez: que si EPN no habrá negociado con el gobierno francés; que si los jueces no recibieron dinero para darle un amparo; que si "la francesa" salió el mismo día que el escándalo de Monexgate para distraer a la opinión pública, etcétera, etcétera.

Esta neblina mental en la que se ha convertido el "sospechosismo" mexicano nos persigue por todas partes. Allí está, en las sobremesas de los restaurantes. "Quiero un tequila pero sírvamelo en la mesa, por favor". Cuando pagamos en la gasolinera: "¿Seguro me llenó el tanque?". Una vez que nos aseguran que sí lo llenaron, aparece una sospecha más y preguntamos: "Oiga, ¿no le di un billete de 500, pensando que era uno de 200?". Nos vamos de los establecimientos convencidos de que nos robaron por partida doble: gasolina y el billete. Lo mismo sucede con los maridos "bolseados". A media mañana, le hablan desde su celular a su esposa: "Oye, yo tenía en mi cartera dos billetes de a mil. Me acuerdo haberlos sacado ayer del cajero automático. Falta uno...". Aunque la mujer jure y perjure que no fue ella, el pobre marido ahora sospecha hasta de su memoria: "A lo mejor con ese billete pagué mis medicinas y ya no me acuerdo...". No obstante, de la que más sospecha es de su cónyuge y ella a su vez sospecha que si nunca tiene dinero su esposo es porque tiene "otra". Cuando recibimos la cuenta de luz, la del teléfono y la del gas, sospechamos que nos están robando en pesos y en especie. A pesar de todo, pagamos echando pestes, seguros de que alguien nos está estafando. Cuando vemos las noticias en la televisión mexicana pensamos que todos mienten, incluyendo el cronista deportivo. "Seguramente le va al contrario, por eso dice que para él no fue gol". Todo el público sospecha del árbitro, los aficionados locales suponen que está a favor del equipo visitante y los visitantes sospechan que está a favor del local. Sospechamos de todos: de los médicos, de los análisis de los laboratorios clínicos, del taller mecánico, del plomero, del cerrajero (¿y qué tal si se quedó con una copia de la llave de departamento?), de la trabajadora doméstica (para mí que se está llevando a su casa arroz, el jabón para lavar, sopas de pasta y papel de baño...). Del chofer de la familia, sospechamos que está de acuerdo con el de la gasolinera y que le entrega recibos alterados.

También sospechamos de las compañías y de las personas más serias. Por ejemplo en el primer caso, algún laboratorio que fabrica medicamentos en todo el mundo es digno de sospecha en México de que los productos que aquí distribuye no son de la misma calidad. Los que les vende a los mexicanos "no sirven para nada", sospechamos. Y en el segundo caso: "Los jueces de la Suprema Corte de Justicia están pagados. ¿Por quién?, quién sabe, pero están ¡¡¡pagados!!! Hágame usted el favor", es una sentencia que escuchamos constantemente en nuestro país.

Lo más triste de todo es que sospechamos de todos, porque en realidad no nos tenemos confianza a nosotros mismos. Si somos tan desconfiados, es porque somos capaces de hacer lo mismo que de lo que sospechamos...

gloaeza@yahoo.com

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