sábado, 6 de abril de 2013

Docencia Masónica: LA LAICIDAD EXPLICADA A LOS NIÑOS

Salvador Savater

En 1791, como respuesta a la proclamación por la Convención francesa de los Derechos del Hombre, el Papa Pío VI hizo pública su encíclica Quod aliquantum en la que afirmaba que "no puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres".
En 1832, Gregorio XVI reafirmaba esta condena sentenciando en su encíclica Mirari vos que la reivindicación de tal cosa como la "libertad de conciencia" era un error "venenosísimo".
En 1864 apareció el Syllabus en el que Pío IX condenaba los principales errores de la modernidad democrática, entre ellos muy especialmente - dale que te pego - la libertad de conciencia.

Deseoso de no quedarse atrás en celo inquisitorial, León XIII estableció en su encíclica Libertas de 1888 los males del liberalismo y el socialismo, epígonos indeseables de la nefasta ilustración, señalando que "no es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto, como si fuesen otros tantos derechos que la naturaleza ha concedido al hombre. De hecho, si verdaderamente la naturaleza los hubiera otorgado, sería lícito recusar el dominio de Dios y la libertad humana no podría ser limitada por ley alguna".

Y a Pío X le correspondió fulminar la ley francesa de separación entre Iglesia y Estado con su encíclica Vehementer, de 1906, donde puede leerse: "Que sea necesario separar la razón del Estado de la Iglesia es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que nunca. Porque limita la acción del Estado a la sola felicidad terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil y descuida abiertamente, como cosa extraña al Estado, la meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna preestablecida para los hombres más allá de los fines de esta breve vida".

Hubo que esperar al Concilio Vaticano II y al decreto Dignitatis humanae personae, querido por Pablo VI, para que finalmente se reconociera la libertad de conciencia como una dimensión de la persona contra la cual no valen ni la razón de Estado ni la razón de la Iglesia. "¡Es una auténtica revolución!", exclamó el entonces cardenal Wojtyla.

¿QUÉ ES LA LAICIDAD?
Es el reconocimiento de la autonomía de lo político y civil respecto a lo religioso, la separación entre la esfera terrenal de aprendizajes, normas y garantías que todos debemos compartir y el ámbito íntimo (aunque públicamente exteriorizable a título particular) de las creencias de cada cual.

La liberación es mutua, porque la política se sacude la tentación teocrática pero también las iglesias y los fieles dejan de estar manipulados por gobernantes que tratan de ponerlos a su servicio, cosa que desde Napoleón y su Concordato con la Santa Sede no ha dejado puntualmente de ocurrir, así como cesan de temer persecuciones contra su culto, tristemente conocidas en muchos países totalitarios. 

Por eso no tienen fundamento los temores de cierto prelado español que hace poco alertaba ante la amenaza en nuestro país de un "Estado ateo". Que pueda darse en algún sitio un Estado ateo sería tan raro como que apareciese un Estado geómetra o melancólico: pero si lo que teme monseñor es que aparezcan gobernantes que se inmiscuyan en cuestiones estrictamente religiosas para prohibirlas u hostigar a los creyentes, hará bien en apoyar con entusiasmo la laicidad de nuestras instituciones, que excluye precisamente tales comportamientos no menos que la sumisión de las leyes a los dictados de la Conferencia Episcopal. 

No sería el primer creyente y practicante religioso partidario del laicismo, pues abundan hoy como también los hubo ayer: recordemos por ejemplo a Ferdinand Buisson, colaborador de Jules Ferry y promotor de la escuela laica (obtuvo el premio Nobel de la Paz en 1927), que fue un ferviente protestante.

En España, algunos tienen inquina al término "laicidad" (o aún peor, "laicismo") y sostienen que nuestro país es constitucionalmente "aconfesional" - eso puede pasar - pero no laico. Como ocurre con otras disputas semánticas (la que ahora rodea al término "nación", por ejemplo) lo importante es lo que cada cual espera obtener mediante un nombre u otro.

Según lo interpretan algunos, un Estado no confesional es un Estado que no tiene una única devoción religiosa sino que tiene muchas, todas las que le pidan. Es multi confesional, partidario de una especie de teocracia politeísta que apoya y favorece las creencias estadísticamente más representadas entre su población o más combativas en la calle. De modo que sostendrá en la escuela pública todo tipo de catecismos y santificará institucionalmente las fiestas de iglesias surtidas.

Es una interpretación que resulta por lo menos abusiva, sobre todo en lo que respecta a la enseñanza. Como ha avisado Claudio Magris (en "Laicità e religione", incluido en el volumen colectivo Le ragioni dei laici, ed. Laterza), "en nombre del deseo de los padres de hacer estudiar a sus hijos en la escuela que se reclame de sus principios - religiosos, políticos y morales - surgirán escuelas inspiradas por variadas charlatanerías ocultistas que cada vez se difunden más, por sectas caprichosas e ideologías de cualquier tipo. Habrá quizá padres racistas, nazis o estalinistas que pretenderán educar a sus hijos -a nuestras expensas- en el culto de su Moloch o que pedirán que no se sienten junto a extranjeros...".

Debe recordarse que la enseñanza no es sólo un asunto que incumba al alumno y su familia, sino que tiene efectos públicos por muy privado que sea el centro en que se imparta. Una cosa es la instrucción religiosa o ideológica que cada cual pueda dar a sus vástagos siempre que no vaya contra leyes y principios constitucionales, otra el contenido del temario escolar que el Estado debe garantizar con su presupuesto que se enseñe a todos los niños y adolescentes. Si en otros campos, como el mencionado de las festividades, hay que manejarse flexiblemente entre lo tradicional, lo cultural y lo legalmente instituido, en el terreno escolar hay que ser preciso estableciendo las demarcaciones y distinguiendo entre los centros escolares (que pueden ser públicos, concertados o privados) y la enseñanza misma ofrecida en cualquiera de ellos, cuyo contenido de interés público debe estar siempre asegurado y garantizado para todos. En esto consiste precisamente la laicidad y no en otra cosa más oscura o temible.

Algunos partidarios a ultranza de la religión como asignatura en la escuela han iniciado una cruzada contra la enseñanza de una moral cívica o formación ciudadana. Al oírles parece que los valores de los padres, cualesquiera que sean, han de resultar sagrados mientras que los de la sociedad democrática no pueden explicarse sin incurrir en una manipulación de las mentes poco menos que totalitaria. Por supuesto, la objeción de que educar para la ciudadanía lleva a un adoctrinamiento neofranquista es tan profunda y digna de estudio como la de quienes aseguran que la educación sexual desemboca en la corrupción de menores. Como además ambas críticas suelen venir de las mismas personas, podemos comprenderlas mejor. 

En cualquier caso, la actitud laica rechaza cualquier planteamiento incontrovertible de valores políticos o sociales: el ilustrado Condorcet llegó a decir que ni siquiera los derechos humanos pueden enseñarse como si estuviesen escritos en unas tablas descendidas de los cielos. Pero es importante que en la escuela pública no falte la elucidación seguida de debate sobre las normas y objetivos fundamentales que persigue nuestra convivencia democrática, precisamente porque se basan en legitimaciones racionales y deben someterse a consideraciones históricas. Los valores no dejan de serlo y de exigir respeto aunque no aspiren a un carácter absoluto ni se refuercen con castigos o premios sobrenaturales... Y es indispensable hacerlo comprender.

Sin embargo, el laicismo va más allá de proponer una cierta solución a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una determinada forma de entender la política democrática y también una doctrina de la libertad civil.

Consiste en afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad, definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar en la formación y expresión de la voluntad general y cuyas características no políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc.) no deben ser en principio tomadas en consideración por el Estado. De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas, como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas (aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional, como la inglesa).

Y por supuesto la perspectiva laica choca con la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales más allá de cuál sea su lugar de nacimiento o residencia.

La justificada oposición a las pretensiones de los nacionalistas que aspiran a disgregar el país o, más frecuentemente, a ocupar dentro de él una posición de privilegio asimétrico se basa - desde el punto de vista laico - no en la amenaza que suponen para la unidad de España como entidad trascendental, sino en que implican la ruptura de la unidad y homogeneidad legal del Estado de Derecho. No es lo mismo ser culturalmente distintos que políticamente desiguales. Pues bien, quizá entre nosotros llevar el laicismo a sus últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos "monárquicos" aceptan serlo por prudencia conservadora, los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista...

En todo caso, la época no parece favorable a la laicidad. Las novelas de más éxito tratan de evangelios apócrifos, profecías milenaristas, sábanas y sepulcros milagrosos, templarios -¡muchos templarios! - y batallas de ángeles contra demonios. Vaya por Dios, con perdón: qué lata.

En cuanto a la (mal) llamada alianza de civilizaciones, en cuanto se reúnen los expertos para planearla resulta que la mayoría son curas de uno u otro modelo. Francamente, si no son los clérigos lo que más me interesa de mi cultura, no alcanzo a ver por qué van a ser lo que me resulte más apasionante de las demás. A no ser, claro, que también seamos "asimétricos" en esta cuestión...
Hace un par de años, coincidí en un debate en París con el ex secretario de la ONU, BUTROS  GALI.
Sostuvo ante mi asombro la gran importancia de la astrología en el Egipto actual, que los europeos no valoramos suficientemente. Respetuosamente, señalé que la astrología es tan pintoresca como falsa en todas partes, igual en El Cairo que en Estocolmo o Caracas. BUTROS GALI me informó de que precisamente esa opinión constituye un prejuicio eurocéntrico.
No pude por menos de compadecer a los africanos que dependen de la astrología mientras otros continentes apuestan por la nanotecnología o la biogenética.

Quizá el primer mandamiento de la laicidad consista en romper la idolatría culturalista y fomentar el espíritu crítico respecto a las tradiciones propias y ajenas. Podría formularse con aquellas palabras de Santayana: "No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada o fanática que oprime a un mundo que no entiende en nombre de otro mundo que es inexistente".

Ø  Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Fuente: El País 

martes, 12 de marzo de 2013

Masonería y el impacto negativo de los lobos disfrazados de oveja en las...

lunes, 25 de febrero de 2013

Orden y legalidad a Grupos de Autodefensa piden masones

miércoles, 6 de febrero de 2013

EL MASÓN DILIGENTE Y ASIDUO




R.·.H.·.MARIO ROLLERI MUENTE
Gran Logia Constitucional del Perú
Una definición de lo que es Masonería, nos dice que ésta es un arte útil y benéfico, cuyo fin inmediato es la filantropía y su fin ulterior el perfeccionamiento de la humanidad.  Como arte, la Masonería tiene sus secretos y en todo arte existe un misterio que requiere una progresión gradual de conocimientos, para llegar a un grado de perfección.  

Ningún hombre, puede sobresalir en un arte, si no se ha instruido y ejercitado debidamente, asimismo el Masón que no ha tenido una asidua aplicación en los diversos grados y cargos,  no puede conocer a fondo la Masonería; pero no por ello debe creerse que para gozar de los beneficios de la Orden o ser partícipe de sus privilegios, sea absolutamente necesario el conocimiento de todas las partes intrincadas de las ciencias y artes masónicas; tales conocimientos puede adquirirlos el Masón diligente y asiduo, que dispone de más tiempo y de medios para dedicarse a estudios profundos y elevados ;tanto aquellos hermanos como estos, son necesarios en la Orden, pues siendo tan distinta, la naturaleza de cada hombre, unos tienen lo que otros necesitan y viceversa, por ello dentro de la Masonería sus miembros se complementan en todas las circunstancias.  

Pero hay algo que es común a todos los masones  y es esencial en ellos, esta es la Mística Masónica.

Entendida la Mística, como el afán constante de perfeccionamiento espiritual y como acción positiva e invariable. El conocimiento de ella, es ilimitado, alcanzarla exige una dinámica y requiere a la vez de sustento y este sustento en la Masonería es la Mística, tradición y herencia que hemos recibido los Masones como legado de honor.  La Mística es un concepto espiritual que anida en el corazón, es un sentimiento de fe, es respeto, es afecto, es superación ,es búsqueda constante de la felicidad para todos, es convencimiento y firmeza en los grandes ideales de nuestra Augusta Institución, es consecución de metas, es entrega total, todo ello y mucho mas es la Mística Masónica.  

El Masón es un ser de profunda vocación de servicio; El Masón es un estado del ser del hombre, para ser Masón es menester actuar conforme lo exige la masonería. De aquí se desprende que no existe buen o mal masón. Simplemente se es Masón o no se es Masón.

Nadie puede ser automáticamente Masón por el solo hecho de haber sido iniciado en la masonería. Es con la práctica en Libertad, Igualdad y Fraternidad, que se llega a asumir la condición de Masón. Con la Ceremonia de Iniciación, los hombres ingresamos a la masonería, Pero ¿a cuántos de ellos ingresa realmente la masonería?, no se trata HH:. de que el Masón sea una persona  perfecta, la masonería no busca eso, sabe que tratamos con hombres y mujeres de carne y hueso, lo que busca la masonería, es abrir la mente y el corazón de los iniciados, para ayudarlos a encontrar por si mismos la verdad, y así auto liberarse y auto realizarse, para contribuir con ello a mejorar la humanidad. 

Virtualmente, todos los hombres deberían ser Masones. Categóricamente, todo ser humano podría ser Masón. Desafortunadamente, no todos los hombres son masones.

Y estas ideas nos llevan a preguntarnos, y ¿como forma el Masón su mística?

Muchos de quienes hemos visto la luz Masónica y hemos nacido a esta vida nueva, hemos abrazado a la masonería por sus principios, porque tenemos mística Masónica  porque respetamos y protegemos el hogar ajeno, como si fuera el propio, porque actuamos considerando que las familias de todos, son  como nuestras familias muy cercanas, cuando realizamos el trabajo masónico pensando en la grandeza de la Orden, porque  creemos en el honor del Masón y actuamos como tales, cuando la fe que profesamos se orienta exclusivamente a la consecución de aquel fin ulterior de la masonería. 

En suma HH:.  la mística masónica es esencia de moral, es pasión profunda, es acción enérgica, es poder que no encuentra  obstáculos, es fuerza que cohesiona, que impulsa, que apoya, que atrae, que obliga a dar, que enseña a recibir y la encamina hacía lo grande; y como en  la ley de la igualdad de los contrarios, elimina lo secundario, lo negativo, lo inconveniente, lo malsano.

Es pues mediante el trabajo intelectual de interpretación de nuestros símbolos y mediante el trabajo  físico y síquico, para subordinar a la materia, que el masón forma su mística y la perfecciona. Es conveniente puntualizar aquí, que la masonería  no obliga, solo indica al individuo , la necesidad de labrar con sus esfuerzos, su propio camino de progreso, trabajando primero como obrero, luego como compañero y finalmente como maestro, para contribuir a la realización del fin supremo. Podría concluir afirmando que el misticismo masónico es el simbolismo hecho espíritu y acción en el  Masón.

QQ:. y RR:. HH:. , dejo a mis Hermanos la respuesta a mi  pregunta, solo ellos sabrán responderla, acordémonos SOIS  MASON?  MIS HH:. ME RECONOCEN COMO TAL…, y yo, mientras tanto, seguiré en el  interior de la cantera simbólica, para continuar con la interpretación masónica de nuestros emblemas y herramientas , seguro de que emprendo el camino que me permitirá formar mi mística, para contribuir mediante mi lote de trabajo, con todos mis hermanos esparcidos sobre la faz de la tierra, el perfeccionamiento de la humanidad y estaré –llegado el día-  preparado para presentarme ante el  gran pórtico del oriente eterno, como todos lo haremos , a dar cuenta de mis actos y recibir mi justo salario, que nos será dado fraternalmente en premio y recompensa a nuestro esfuerzo por el G:.A:.D:.U:.

Ø  Fotos, BESOMI de internet. REENVIO SALVADOR LOPEZ MENDOZA GR ..COM ..DE REL..